Y pasaron así una semana juntos. Una semana que quedaría en su
memoria plasmada con miles de recuerdos inundados de palabras, gestos,
lugares y momentos en los que quizá la indecisión los frenó después de
aquel beso lento que compartieron en cuanto volvieron a encontrarse. Un
beso lleno de ganas y sin pensar en nada más. El tren partía al caer la
tarde. Kilómetros separaban sus hogares pero sabían que de una forma u
otra podrían regresar una vez más. Ella no paraba de pensar en él. El
destino, o como algunos llaman a este tipo de coincidencias, lo había
puesto en su camino y ella tan solo quería entender porqué, pero por
mucho que quisiera saber aquellas razones, sentía que a pesar de todo,
nunca las iba a conocer o, al menos, no todavía. Él se encontraba
inquieto mientras veía cómo la noche iba cubriendo la ciudad poco a
poco. No lograba sacar de su mente aquella sonrisa que recorría los
labios de ella cuando le sonreía y veía cómo sus ojos, en los que ya se
había perdido más de una vez, la acompañaban. ¿Cuánto tiempo había
analizado cada detalle de ella? Por las noches la observaba en silencio.
Quería aprovechar todo el tiempo que le fuera posible conociéndola
hasta dormida. Era débil ante la inocencia que desprendía junto a esa
necesidad de cariño que pocos conocían de ella... ¿Sabes? Quería pensar
que tan solo él lo sabía, que los secretos que ella guardaba alguna vez
serían suyos. Quería saber todo de ella... El porqué de su risa, de su
mirada inmensa y perdida que parecía ver más allá de lo que ninguna otra
persona podía. Quería saber lo que escondían sus suspiros e incluso
porqué era tan diferente al resto de chicas que había conocido. Quería
llegar a encontrar a aquella chica perdida en sí misma y quería ser él
el que la sacara de allí tan pronto como le fuera posible. Quería hacer
cualquier cosa por ella.
Olvidaron el mundo y, como bien
terminan estas historias, se besaron hasta sentir que eran los dueños de
su propio tiempo.Ahora, dime, ¿qué más se podía pedir?
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